Cobre

El verdadero auge de la pintura sobre soporte metálico, en concreto el cobre, se produce en el siglo XVII, al popularizarse la pintura de caballete. En este sentido la pintura sobre cobre ofrecía ventajas en cuanto a su pequeño formato, y por tanto en cuanto a su facilidad y comodidad en el traslado.
Por tratarse de un metal, es un excelente conductor del calor, lo que ocasiona contracciones y dilataciones del soporte que son asumidas por los diferentes estratos pictóricos, y generalmente con el tiempo, ocasionan el desprendimiento de dichas capas.
También son frecuentes las manchas oscuras que aparecen arbitrariamente bajo la pintura como consecuencia de reacciones internas entre el soporte y los materiales empleados en la preparación y capas de color. En este sentido, el factor más importante a tener en cuenta es la humedad relativa alta que produce corrosiones en el anverso y reverso de este tipo de soportes.
La maleabilidad de este metal, hace que estas obras sean sensibles a las abolladuras, principalmente en las esquinas y en los bordes del soporte.